Me quedé mirando fijamente el velo transparente que flotaba en la casi oscura habitación.
No tenía más ganas de pensar, ya lo había hecho demasiado, así que, en vez de pensar una respuesta lógica, me moví de mi apalancamiento en el sofá y estiré el brazo.
Mi mano sólo agarró aire, pero vi que mi piel se iluminaba al contacto con el extraño velo…¿era luz?
No tenía ni idea de que eso existiera en esta casa. Ni en mi vida.
En vez de sentirme idiota al querer tocar algo inmaterial, me quedé maravillada. La solidez con la que entraba en esta casa era digno de admiración. Como queriendo aportar algo a las cenizas que quedaban después de los continuos incendios.
Me animé. Me senté en el suelo, en el punto donde el rayo se casaba con el suelo. Me iluminó y me atreví a mirar directamente del lugar donde provenía, pero fue inútil. Desde la posición en la que me encontraba me era imposible ver su origen. En el otro extremo había más luz. Bastante para iluminarme entera. Pero no venía.
Como si pensaran que un rayo solo era suficiente para devolverme lo que la oscuridad me había robado. No saben nada…
El rayo me seguía pareciendo demasiado sólido y me decidí. Lo cogí con las dos manos, y tiré. Tiré con todas mis fuerzas. Con toda la fuerza que no sabía sacar en momentos en los que serían necesarios.
Lo único que conseguí fue caerme para atrás y ver cómo el rayo quedaba encima mía. Pude ver su incorporeidad.
Yo quedé en la más absoluta negrura, mientras la luz flotaba a unos centímetros de mí.
Y me di por vencida.